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jeudi 29 janvier 2015

Saltar el maldito foso

He escuchado decir a un amigo que el modo en que cada uno afronta su relación existencial con la Iglesia desvela la posición con la que afronta la vida y el mundo. Y esto vale para quien adopta la posición del crítico mordaz como para quien se arroga abusivamente la definición de la verdad católica. Por eso me atraen figuras de hombres y mujeres para las que su camino, hacia la Iglesia y en la Iglesia, ha implicado una gran lealtad e incluso un elevado coste personal. Es el caso del beato John Henry Newman, del que tantas veces he hablado, pero también de otro gran teólogo, menos conocido, procedente del protestantismo alemán. Me refiero a Erik Peterson.

No pretendo aquí entrar en el mérito de la teología de Peterson, asunto para el que no estoy en absoluto cualificado, sino asomarme a la aventura del hombre de fe, del que todos podemos aprender tantas cosas.


Peterson nació en 1890 en Hamburgo, una ciudad de ambiente cultural profundamente protestante, aunque su familia no se caracterizaba por una especial sensibilidad religiosa. Aun así, su pasión juvenil por la literatura y la historia le acercó desde esas disciplinas a los contenidos de la fe, en una época dominada en el campo protestante por la teología liberal. El joven Peterson no se conformó con una aproximación meramente intelectual y pronto quedó cautivado por la potencia religiosa del Evangelio, escapando a las abstracciones de muchos de sus maestros. Aunque le interesaba profundamente el estudio de la historia cristiana, pronto entendió que “cuando permanecemos solos con la historia humana, nos encontramos ante un enigma sin sentido”. En el mundo de la teología evangélica, en el que lógicamente se movía, encontraba difícil abrirse camino en medio de una selva de opiniones e interpretaciones que al final le dejaban perplejo, sin permitirle alcanzar una verdadera certeza sobre Jesús.


Se asoma así al dilema formulado por el filósofo Lessing, que se lamentaba del “maldito foso” que separa al Jesús de los evangelios de nuestro presente. Peterson empieza a comprender que existe otro factor absolutamente necesario para el recorrido que se ha propuesto, y ese factor es la Iglesia. De hecho la Iglesia salva el maldito foso, ya que existe en el tiempo de la historia y prolonga en ella (de manera absolutamente real, esa es su dramática pretensión) la presencia del Resucitado. Y así llega a la conclusión de que la Sagrada Escritura se hace vinculante para cada creyente en la interpretación de la Tradición apostólica, que a su vez se concreta en la Sucesión apostólica. Es así como la Iglesia mantiene a la Escritura en un actualidad viva, más aún, contemporánea de cada uno de nosotros. Peterson descubre también el significado profundo de la liturgia, en cuyos gestos la Iglesia terrestre se une realmente a la asamblea celestial de los santos, que dan esperanza a los que todavía estamos en camino hacia el cumplimiento definitivo. Pensemos en la apertura y el cambio de perspectiva que hubo de suponer toda esta visión para un hombre forjado en la comunidad luterana, comunidad, por cierto, a la que siempre se sintió vinculado y agradecido, incluso después de entrar en la Iglesia católica.


Joseph Ratzinger, compatriota y colega de nuestro protagonista, nos ha dejado una conmovedora confesión sobre lo que sintió al leer por primera vez los Tratados teológicos de Peterson: “me dejé verdaderamente apasionar por este libro, porque allí estaba la teología que buscaba, una teología que emplea toda la seriedad histórica para comprender y estudiar los textos, analizándolos con toda la seriedad de la investigación histórica, y que no les deja quedarse en el pasado, sino que, en su investigación, participa en la autosuperación de la letra y se deja conducir por ella, y así entra en contacto con Aquel del que proviene la propia teología: con el Dios vivo”.


Así se supera el hiato entre pasado y presente, explica el Papa Benedicto; se salva, podríamos decir, el maldito foso que atormentaba a Lessing y que tanto se refleja en la cultura contemporánea, haciendo fantasmagórica la relación de tantos hombres con el cristianismo. La pretensión de la Iglesia de comunicar a Jesús vivo sólo puede verificarse en un encuentro en el presente, pero esa verificación hace las cuentas con toda la historia cristiana.


Peterson dejó atrás su país (se mudó a Roma), abandonó la confortabilidad de su ambiente social y la seguridad de su cátedra, y arrostró la incomprensión de unos y el recelo de otros. En cierto modo aceptó ser un extranjero, con toda la precariedad que eso conlleva, pero mostrando que, en el fondo, la fe es nuestra única seguridad, y esa fe para no ser ilusoria (acaba de recordarlo fuertemente el Papa Francisco) tiene que ser vivida en el hogar materno de la Iglesia, incluso cuando pueda parecer (como le sucedió a Peterson) que no nos abre sus estancias más cálidas.


Con su inmensa delicadeza, Benedicto XVI reconocía un rasgo precioso de este camino de su colega Peterson en el hecho de su matrimonio: “aunque no podía disponer de un sueldo fijo, se casó aquí en Roma y constituyó una familia, y de esta forma ha expresado su convicción profunda de que cada uno de nosotros, aunque seamos extranjeros, encontramos un apoyo en la comunión del amor, y que en el amor mismo, hay ya algo que dura para la eternidad”. Y este amor vivido en la historia, tan concreto, aunque va más allá de la carne y de la sangre, se llama precisamente Iglesia.


© PaginasDigital.es



El jugador de rugby del Camino Neocatecumenal que quiere formar equipo con el Papa Francisco

Sobre el campo de juego va de frente y siempre buscando la meta. En la vida diaria es un padre, esposo y católico que no oculta su fe. Se trata de Giovanbattista Venditti, 24 años, 1.88 m, conocido y respetado atleta rugbista del Zebre de Parma en la Liga Celta. Sus habilidades y potencia muscular le han ganado por apodo "el Gran Sasso", en homenaje a sus orígenes en Abruzzo.

Venditti nació en Avezzano, en la provincia de L´Aquila, en 1990. El deporte fue el aire que respiró como niño, pues su padre, Luciano, era un boxeador en la categoría de peso pesado. Pero el pequeño pasó por muchas disciplinas antes de volverse hacia el rugby. Comenzó con el fútbol. Luego voleibol, baloncesto y natación. El amor a la pelota ovalada vino cuando tenía nueve años y desde entonces se ha mantenido.


La suya fue una carrera meteórica. Comenzó en el Avezzano. A los 15 años, se trasladó a Roma a la Unión de Rugby Capitalina. Luego vinieron las experiencias con el Gran Parma, Aironi y, finalmente el Zebre (las Cebras) desde 2012. En ese año llegó la primera llamada a la selección Nacional y el debut en el torneo de las Seis Naciones ante Francia.


Dios, la roca firme

Pero en su vida hay algo que pesa más que el rugby... su fe que no se avergüenza de proclamar en un ambiente que no es particularmente sensible al tema.



"Yo no soy alguien que escribe mensajes en la camiseta ni hago actos sensacionalistas. Lo primero antes de un partido, rezo, pero no para pedir ganar o jugar bien. Agradezco al Señor por mi carrera como lo hago con todo lo demás en la vida ", dice el deportista y agrega...


"Para mí, la fe es una fuerza, un impulso extra en todo lo que hago. Dios siempre me hace ver la otra cara de todas las medallas", confiesa.


Una fe honesta la suya, que le ha sido dada por los padres. "La familia -apunta- es todo para mí. Es absolutamente el primer valor que importa, sobre todo ahora que tengo un niño… y la fortuna de ser creyente. Mi madre es una verdadera mujer de iglesia, ora mucho y me ha enseñado a hacerlo. Mi padre, sin embargo, siempre ha sido un hombre que hablaba con las acciones", comenta agradecido.


"Cuando era niño -continúa el rugbista- siempre fui a misa. Nunca lo he dejado, incluso después de la confirmación o cuando, en 2006, me trasladé a Roma. Por supuesto que con los compromisos, los entrenamientos y los partidos no era fácil encontrar tiempo para ir a la iglesia o para orar, pero siempre lo hemos logrado. Como ahora".


El Camino Neocatecumenal

Una etapa importante en su formación de la fe ha sido el Camino Neocatecumenal: "La primera vez que oí hablar de esta experiencia yo era un adolescente, aún vivía en Avezzano. Un amigo mío asistió a un grupo. Más de una vez me había invitado a participar, pero yo no estaba interesado", dice.


Pero las cosas cambiaron para Venditti cuando Alice llegó a su vida, la chica que en 2010 se convirtió en su esposa. Juntos recorrerían el Camino…


"Llevamos casi cinco años en que, juntos, somos parte del grupo de la parroquia de la Santísima Trinidad de Plasencia, la ciudad de mi esposa", dice. "Para mí, el Camino Neocatecumenal es una experiencia única. Somos una verdadera comunidad. Desde el primer día me llamó la atención el gran afecto que existe entre los miembros. Allí conocí a personas que son ejemplos a seguir para mí".



El Papa, signo de humildad

La relación con la religión de un personaje conocido como Venditti atrae a menudo la atención y la curiosidad de muchos de sus colegas. Cuestión que en ocasiones también ha dado frutos. Cuando la revista Credere pregunta por esto, Giovanbattista lo menciona con humildad: "No era más que un compañero de equipo que, hablando y debatiendo conmigo, ha redescubierto el placer de la misa los domingos. Algunos incluso comenzaron a orar".


La fe y el deporte caminan del brazo en Giovanbattista. Un poco “como lo fue para san Juan Pablo II”, dice. "Es el Papa de la excelencia, con que yo crecí. Wojtyla fue una figura extraordinaria, que estuvo una buena parte de mi vida. Hoy Papa Francisco me ha conquistado inmediatamente con su humildad. Cuando se convirtió en Papa en Roma yo estaba en el campo de entrenamiento con el equipo nacional. Fue una emoción fuerte, también compartida con los compañeros de equipo que no tienen una buena relación con la religión. Creo que él (el Papa Francisco) vendría bien como miembro de un equipo de rugby ideal… su rol estaría en el extremo, detrás de los demás porque desde allí puede tener la situación bajo control y guiar a los restantes 14 jugadores en la forma adecuada”.


(Fuente original en italiano: Revista Credere)



mercredi 28 janvier 2015

Ecumenismo de foto: postmodernidad intravenosa. San Agustín


Aunque vivimos en plena postmodernidad, todavía arrastramos la traumática relación con la modernidad y el modernismo. Seguimos padeciendo sus consecuencias, muchas de las cuales hemos terminado por aceptar como males menores. Todavía resuenan voces internas reclamando que “Iglesia es posible” mientras nos ofrecen su iglesia personal como la solución ideal. Hemos aceptado que la Liturgia se convierta en un espacio creativo de tipo socio-cultural donde la sacralidad desaparece frente a la funcionalidad. Sin haber resuelto los problemas de la modernidad, nos hemos metido a fondo en la postmodernidad. La modernidad nos ofrecía soluciones basadas en estructuras alternativas adaptadas al mundo. La postmodernidad desecha las estructuras como obsoletas, promoviendo la diversidad relativista como la solución.


En la postmodernidad se abandonan los grandes discursos que defendían que la verdad es una, aunque diferente a la verdad tradicional. Ahora se defiende y acepta que existen múltiples verdades, referidas a contextos más pequeños, dependientes de cada persona. Se ponen en juego microteorías, micropolíticas, micro-ortodoxias y micro-ortopraxis, basadas en acuerdos relativos a contextos particulares, limitados y desgraciadamente, excluyentes. Estos acuerdos son coyunturales, pasajeros y rescindibles, ya que se acepta que todo está en cambio constante. Es decir, ya no hay una verdad que debemos descubrir si pensamos correctamente. No es posible descubrirla ni transmitirla tal, como se había venido defendiendo, sino verdades locales, relativas y provisionales. La unidad en la diversidad es un reto completamente postmoderno, ya que parte de la imposibilidad de una unidad completa, que nos sirva de cimientos para trabajar y construir unidos.

La Iglesia va andando, casi sin darse cuenta, hacia una atomización de grupos, tendencias, entendimientos y formas de vida cristiana. Esta tendencia podemos verla en la diversidad de Liturgias que conviven y que a veces hacen imposible cambiar de parroquia sin sentirse fuera de lugar en misa. Ya casi nadie se hace eco de los abusos litúrgicos que presencia, ya que sabemos que denunciarlos es tan inútil como contraproducente. Tomen por ejemplo la forma de distribuir la comunión que se utilizó en la multitudinaria misa del Papa en Filipinas y el atento cuidado por lo sagrado,que se sigue dentro de las Liturgias Tradicionales. ¿Tienen algo que ver?


Las sensibilidades se van diferenciando y exigiendo espacios donde desarrollarse con libertad. Los carismas se guardan para el interior del grupo en vez de compartirlos para enriquecer la comunidad. Nadie duda que una comunidad mono-carismática mono-sensibilidad, es más sencilla de gestionar que una comunidad que recoja decenas de ellos.


Las postmodernidad lucha contra las tendencias modernistas previas, dando lugar a situaciones incoherentes y sorprendentes. Pongo el ejemplo el flashmob de los obispos en la JMJ de Rio de Janeiro o los videos de religiosas bailando y cantando sin ninguna referencia evangelizadora. Nos parecen curiosos y el discernimiento no llega más allá de preguntarnos ¿Y por qué no? Todo vale mientras las apariencias sean aceptables.


Ahora estamos pensando en todas las posibilidades que nos da adaptar la praxis a las circunstancias, sin cambiar la doctrina para que los más ortodoxos no se sientan atacados en su sensibilidad eclesial. Para que tanta diversidad, falta de entendimiento no den lugar a una conciencia de separación, nos hemos inventado el ecumenismo de fotografía. Estamos juntos para la foto, pero después cada cual vuelve a su “realidad” eclesial, a vivir dentro su espacio, formas y sentido particular.


En esta situación claramente postmoderna, el siguiente pensamiento agustiniano deja de tener sentido:


Bien, tú puedes, yo no. Guardemos lo que uno y otro hemos recibido; inflamémonos en la caridad, amémonos unos a otros, y de esta forma yo amo tu fortaleza y tú soportas mi debilidad (‎SanAgustin, Sermón 101,7).


La postmodernidad nos ofrece la posibilidad de hacer monocultivo de las fortalezas y olvidarnos las debilidades que todos llevamos encima. Cada grupo deja de lado las debilidades como algo secundario y así no tener que buscar ayuda en otros carismas y sensibilidades. En el mejor caso y si nos obligan a dar cuenta de las debilidades, tentamos a Dios indicando que “aquello que no podemos” ya lo dará Dios cuando lo desee. Si no lo da, es que no es fundamental. Como buenos postmodernos, apostamos por el pelagianismo para lo que nos conviene y por el quietismo, para lo que no nos interesa aceptar.


Les pongo otro ejemplo. Es muy fácil omitir un discernimiento incómodo diciendo que “no juzgamos”, dejando el discernimiento a Dios mientras que nosotros nos apartamos del tema. Pero si el tema nos molesta en nuestra sensibilidad eclesial, no dudamos en calificar a las otras personas, enumerando un listado de errores o comparando despectivamente esa sensibilidad que no se ajusta a la nuestra.


Esta es la postmodernidad que nos toca vivir. Una postmodernidad que nos descentra, nos hace alejarnos unos de otros en lo sustancial, aunque en las fotos todos sonriamos juntitos. Ecumenismo de foto, que vende mucho en los medios y sale en las portadas de las revistas. Para respaldar la postmodernidad, nada mejor que una frase apócrifa atribuida a San Agustín: "En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; en todas las cosas, caridad".



Abandonarse, confiar, esperar (Peguy)


Un ejercicio interior grande es trabajar en la esperanza, es decir, crecer en la esperanza. Dios abre caminos, Dios cumple sus promesas. Sólo cabe abandonarse confiadamente en Él.


"Despiertos o dormidos vivamos con él", decía san Pablo en 1Ts. Dormir tranquila y confiadamente en Dios es un gran signo de abandono en Él, en vez de volver una y otra vez sobre nosotros mismos y nuestra conciencia, o la meticulosidad de prácticas religiosas -rezar, rezar y rezar, formularios, oraciones escritas, estampitas y novenas, etc-.



Más vale un acto de abandono, de paz en Dios, de esperanza serena.


Así escribía Péguy sobre la noche y, sobre todo, sobre el abandono esperanzado en Dios:


“Yo sé llevarle. Es mi oficio. Y esa libertad es mi creación.


Se le puede pedir mucho corazón, mucha caridad, mucho sacrificio.


Tiene mucha fe y mucha caridad.


Pero lo que no se le puede pedir, vaya por Dios, es un poco de esperanza.


Un poco de confianza, vaya, un poco de relajación,


Un poco de entrega, un poco de abandono en mis manos,


Un poco de renuncia. Está tenso todo el tiempo.


Ahora bien, tú, hija mía, la noche, lo consigues a veces, lo obtienes a veces.


Del hombre rebelde.


Que ese señor consienta, que se dé un poco a mí.


Que relaje un poco sus pobres miembros cansados sobre una tumbona.


Que relaje un poco sobre una tumbona su corazón dolorido.


Que su cabeza, sobre todo, deje de funcionar. Su cabeza funciona demasiado. Y él cree que eso es trabajo, que su cabeza funciona así.


Y sus pensamientos, total, ¡para lo que él llama sus pensamientos!


Que sus ideas no funcionen más y no se peleen más en su cabeza y no tintineen más como pepitas de calabaza.


Como un cascabel en una calabaza vacía.


Cuando pienso a qué llama sus ideas…


Pobre ser. No me gusta, dice Dios, el hombre que no duerme.


El que se quema en su cama de inquietud y de fiebre.


Soy partidario, dice Dios, de que cada noche se haga un examen de conciencia.


Es un buen ejercicio.


Pero bueno, no hay que torturarse hasta el punto de perder el sueño.


A esa hora, la jornada ya está hecha, y bien hecha; no hay que volver a hacerla.


No hay que volver sobre ella.


Esos pecados que tanto pesar te producen, hijo mío, pues mira, era bien sencillo.


Amigo mío, no haberlos cometido.


Cuando todavía podías no cometerlos.


Ahora ya está hecho, venga, duerme, mañana no lo volverás a hacer.


Pero el que por la noche al acostarse hace planes para el día siguiente


No me gusta, dice Dios.


El muy tonto, sabe acaso cómo se hará el día de mañana.


Conoce al menos el color del tiempo.


Mejor haría en rezar sus oraciones. Yo nunca he negado el pan del día siguiente.


El que está en mi mano como el bastón en la mano del viajero,


Ese sí me es agradable, dice Dios.


El que se apoya en mi brazo como un bebé que se ríe,


Y que no se ocupa de nada,


Y que ve el mundo en los ojos de su madre, y de su ama,


Y que no lo ve y no lo mira más que allí,


Ese me es agradable, dice Dios.


Pero el que hace cálculos, el que en su interior, en su cabeza para mañana


Trabaja como un mercenario.


Trabaja horriblemente como un esclavo que gira una rueda eterna.


(Y, entre nosotros, como un imbécil).


Pues bien, ése no me es agradable en absoluto, dice Dios.


El que se abandona, me gusta. El que no se abandona, no me gusta, es así de sencillo”


(Péguy, El misterio de los santos inocentes, Encuentro Ediciones, Madrid 1993, 15-17).



En su audiencia del miércoles Francisco recuerda que los hijos que crecen sin padre sufren heridas

Música de trompetas, magia, malabares y risas. Así, en el Aula Pablo VI y en presencia del Santo Padre, un grupo de artistas del Circo Medrano ha ofrecido un simpático espectáculo al finalizar la audiencia general. Francisco y todos los presentes se han divertido al ver los trucos preparados por los comediantes.

Como cada semana, fieles y peregrinos llegados a Roma procedentes de todas las partes del mundo, han recibido con entusiasmo y alegría al santo padre Francisco para la audiencia general de los miércoles.


Esta semana, el Papa ha proseguido con las catequesis sobre la familia y hoy ha hablado de la figura del padre.


Palabras del Papa Francisco pronunciadas en español

Queridos hermanos y hermanas:

En nuestra reflexión sobre la familia, hoy nos centramos sobre la palabra padre. Padre es una palabra universal, conocida por todos, que indica una relación fundamental cuya realidad es tan antigua como la historia del hombre.


Es la palabra con la que Jesús nos ha enseñado a llamar a Dios, dándole un nuevo y profundo sentido, revelándonos, así, el misterio de la intimidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que es el centro de nuestra fe cristiana.


En nuestros días, se ha llegado a hablar de una sociedad sin padres. La ausencia de esta figura es entendida como una liberación, sobre todo cuando el padre es percibido como la autoridad cruel que coarta la libertad de los hijos, o cuando éstos se sienten desatendidos por unos padres centrados únicamente en sus problemas, en su trabajo o en su propia realización personal o caracterizados por su marcada ausencia del hogar.


Todo esto crea una situación de orfandad en los niños y jóvenes de hoy, que viven desorientados sin el buen ejemplo o la guía prudente de un padre. De este modo, todas las comunidades cristianas y la comunidad civil deben estar atentas a la ausencia de la figura paterna, pues ésta deja lagunas y heridas en la educación de los jóvenes.


Sin guías de los que fiarse, los jóvenes pueden llenarse de ídolos que terminan robándole el corazón, robándole la ilusión, robándole las auténticas riquezas, robándole la esperanza.


Saludo a los peregrinos de lengua española, hoy veo que hay muchos acá. Saludo a los grupos provenientes de España, Argentina, Perú y Chile, así como a los venidos de otros países latinoamericanos. Recordando que Jesús nos prometió no dejarnos huérfanos, vivamos con la esperanza puesta en Él, sabedores de que el amor puede vencer al odio y de que es posible un futuro de fraternidad y de paz para todos. Que Dios los bendiga Muchas gracias.


Otras ideas del Papa

Al finalizar los saludos en las distintas lenguas, el Pontífice ha dirigido un pensamiento especial a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Así, ha recordado que este miércoles 28 de enero celebramos la memoria de santo Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia. Por eso ha deseado a lo jóvenes que su dedicación al estudio favorezca en ellos el compromiso de la inteligencia y de la voluntad al servicio del Evangelio. Del mismo modo, ha deseado a los enfermos que su fe les ayude a dirigirse al Señor también en la prueba. Finalmente, a los esposos recién casados les ha deseado que su mansedumbre les indique el estilo de las relaciones entre los cónyuges dentro de la familia.


Texto completo de la catequesis del Papa en italiano

Transcrito y traducido por Zenit

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Retomamos hoy el camino de catequesis sobre la familia. Hoy nos dejamos guiar por la palabra padre. Una palabra, más que cualquier otra, querida para nosotros cristianos, porque es el nombre con el que Jesús nos ha enseñado a llamar a Dios, Padre.


El sentido de este nombre ha recibido una nueva profundidad propia a partir del modo en que Jesús lo usaba para dirigirse a Dios y manifestar su relación especial con Él. El misterio bendecido de la intimidad de Dios,Padre, Hijo y Espíritu, revelado por Jesús, es el corazón de nuestra fe cristiana.


“Padre” es una palabra conocida por todos, una palabra universal. Ésta indica una relación fundamental cuya realidad es tan antigua como la historia del hombre. Hoy en día, sin embargo, se ha llegado a afirmar que la nuestra sería una ‘sociedad sin padres’.


En otros términos, en particular en la cultura occidental, la figura del padre sería simbólicamente ausente, desaparecida, eliminada. En un primer momento, la cosa se ha percibido como una liberación: liberación del padre-dueño, del padre como representante de la ley que se impone desde fuera, del padre como censura de la felicidad de los hijos y obstáculo de la emancipación y de la autonomía de los jóvenes.


De hecho, a veces en nuestras casas reinaba en el pasado el autoritarismo, en ciertos casos incluso la opresión: padres que trataban a los hijos como siervos, no respetando las exigencias personales de su crecimiento: padres que nos les ayudaban a emprender su camino con libertad, y no es fácil educar al hijo en libertad. Padre que no les ayudaban a asumir las propias responsabilidades para construir su futuro y el de la sociedad. Esto, ciertamente, no es una buena actitud.


Pero, como sucede a veces, hemos pasado de un extremo al otro. El problema de nuestros días no parece ser tanto la presencia invasiva de los padres, sino más bien su ausencia, su fuga. Los padres están a menudo tan centrados sobre sí mismos, su trabajo, y sobre la propia realización individual, que olvidan incluso la familia. Y dejan solos a los pequeños y a los jóvenes.


Ya de obispo de Buenos Aires me daba cuenta del sentido de orfandad que viven hoy los chavales. A menudo preguntaba a los padres si jugaban con sus hijos, si tenían la valentía y el amor de perder tiempo con los hijos. Y la respuesta era fea.


En la mayoría de los casos: ‘no puedo, mucho trabajo’. El padre estaba ausente de ese hijo que crecía y no jugaba con él, no perdía tiempo con él. Ahora, en este camino común de reflexión sobre la familia, quisiera decir a todas las comunidades cristianas que debemos estar más atentos: la ausencia de la figura paterna en la vida de los pequeños y de los jóvenes produce lagunas y heridas que pueden ser también muy graves. Y de hecho las desviaciones de los niños y de los adolescentes se ponen en buena parte reconducir a esta falta, a la carencia de ejemplos y de guías autorizadas en su vida de cada día. A la carencia de cercanía, a la carencia de amor por parte del padre. Es más profundo de lo que pensamos el sentido de orfandad que viven muchos jóvenes.


Son huérfanos pero en la familia porque los padres a menudo están ausentes, también físicamente, en casa, pero sobre todo porque, cuando están, no se comportan como padres, no dialogan con sus hijos, no cumplen su tarea educativa, no dan a los hijos en ejemplo acompañado por las palabras, esos principios, esos valores, esas reglas de vida que necesitan como el pan. La cualidad educativa de la presencia paterna es aún más necesaria cuando el padre está obligado por el trabajo a estar lejos de casa.


A veces parece que los padres no saben bien qué lugar ocupar en la familia y cómo educar a los hijos. Y entonces, en la duda, se abstienen, se retiran y descuidan sus responsabilidades, quizá refugiándose en una relación improbable “de igual a igual” con los hijos.


Es verdad que debes ser compañero de tu hijo, pero sin olvidar que eres el padre. Pero si tú solamente te comportas como un compañero a la pa no le hará bien al joven.


Esto también lo vemos en la comunidad civil. La comunidad civil, con sus instituciones, tiene una cierta responsabilidad, podemos decir paterna, hacia los jóvenes, una responsabilidad que a veces descuida o ejerce mal. También ésta a menudo les deja huérfanos y no les propone una verdad de perspectiva. Los jóvenes permanecen así, huérfanos de caminos seguros que recorrer, huérfanos de maestros de los que fiarse, huérfanos de ideales que calienten el corazón, huérfanos de valores y de esperanzas que les apoyen cotidianamente. Están llenos quizá de ídolos pero se les roba el corazón, son empujados a soñar diversiones y placeres, pero no se les da trabajo; son ilusionados con el dios dinero, y se les niegan las verdaderas riquezas.


Y entonces hará bien a todos, a los padres y a los hijos, escuchar de nuevo la promesa que Jesús ha hecho a sus discípulos: “No os dejaré huérfanos” (Jn 14, 18). Es Él, de hecho, el Camino que hay que recorrer, el Maestro para escuchar, la Esperanza de que mundo puede cambiar, que el amor vence el odio, que puede haber un futuro de fraternidad y de paz para todos.


Algunos de vosotros podrá decirme, pero padre, hoy usted ha estado demasiado negativo. Ha hablado solo de la ausencia de los padres, de lo que pasa cuando los padres no están cerca de los hijos. Es verdad. He querido subrayar esto porque el próximo miércoles seguiré con esta catequesis, destacando la belleza de la paternidad. Por eso he elegido comenzar por la oscuridad para llegar hasta la luz.


Que el Señor nos ayude a entender bien estas cosas. Gracias.



No habrá matrimonio gay en la Grecia «progre» de Syriza, que ha tendido puentes con la Iglesia

El sábado pasado, víspera de los comicios griegos, el semanario francés Le Point publicaba un reportaje que daba cuenta del progresivo acercamiento táctico de Alexis Tsipras, ateo confeso, flamante primer ministro y líder de Syriza, hacia la Iglesia Ortodoxa.

Por ejemplo, Tsipras visitó el Monte Athos, lugar sagrado sece de numerosos monasterios, el pasado mes de agosto.


Y el Arzobispo Ieronimos, Patriarca de la Iglesis Ortodoxa Griega, asistió al sepelio del padre de Tsipras. Más recientemente, Tsipras acudió a la celebración de la Epifanía ortodoxa oficiada por el arzobispo.


Preguntado hace unos días sobre si pensaba legalizar o no el matrimonio entre personas del mismo sexo, Tsipras echó balones fuera. «Es una cuestión compleja, vamos a estudiarla, pero no forma parte de nuestro programa electoral».


Pues bien, a raíz de su pacto de gobierno con la formación conservadora Griegos Independientes, se puede decir que la perspectiva de una legalización del matrimonio gay se aleja definitivamente en Grecia; al menos mientras dure el pacto entre Tsipras y el líder de Griegos Independientes, Panos Kammenos, que aboga abiertamente por un mayor papel de la Iglesia Ortodoxa –a la que pertenece el 90% de los griegos– en el sistema educativo y en la vida familiar.



Cursillos de Cristiandad celebra su cursillo número 1.000 en Madrid: evangelizando desde 1949

Los Cursillistas de Cristiandad de Madrid están de doble enhorabuena. Primero, porque el próximo viernes 30 de enero, a las 20h, en la parroquia de Santa María Micaela (c/ General Yagüe, 23) el Movimiento celebra su Ultreya Diocesana anual, presidia por primera vez por monseñor Osoro. Y segundo, porque la Eucaristía de ese día se ofrecerá como acción de gracias por el Cursillo de Cristiandad número 1.000 en la archidiócesis, que tendrá lugar del 19 al 22 de febrero

El próximo viernes, 30 de enero, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad de Madrid (cursillosmadrid.org) celebra su Ultreya Diocesana anual, que estará presidia por primera vez por monseñor Carlos Osoro.


La Ultreya se celebrará a las 20h, en la parroquia de Santa María Micaela y San Enrique (c/ General Yagüe, 23), donde se ubica también la sede del Secretariado diocesano de Cursillos. Además, la celebración es doble, pues la Eucaristía que presidirá monseñar Osoro se ofrecerá como acción de gracias por el Cursillo de Cristiandad número 1.000 en la archidiócesis madrileña, que tendrá lugar del 19 al 22 de febrero, en la casa de Espiritualidad de las Rosas (Collado Villalba).


A través de una Nota, el Secretariado diocesano de Madrid ha explicado que esta primera Ultreya diocesana con monseñor Osoro supone «una ocasión única para que el nuevo arzobispo de Madrid conozca de primera mano este movimiento de Iglesia, Cursillos de Cristiandad, que está en primera línea de evangelización, y que proclama lo fundamental cristiano, además de que nuestro pastor cuente con nuestro apoyo y cariño».


De hecho, el arzobispo no sólo presidirá la Eucaristía y asistirá al rollo (como los cursillistas llaman a la ponencia testimonial y doctrinal de sus encuentros), sino que también bendecirá y participará en el envío de los miembros del equipo «al que se ha encomendado la misión de participar y de estar al servicio de los demás en el Cursillo número 1.000».


¿Qué son los Cursillos de Cristiandad?

Como explican desde el Secretariado de Madrid, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad (http://ift.tt/1Lgy826) «es un movimiento eclesial de difusión mundial, presente en los cinco continentes, que actúa en el interior de la Iglesia católica, y participa activamente en la gran misión del anuncio de la Buena Nueva del Evangelio a través de un método propio kerygmático».


El movimiento nació en España, concretamente en la diócesis de Mallorca, en 1949, gracias a la inspiración suscitada por el Espíritu Santo en un grupo de sacerdotes y seglares, entre los que destacan, según los Estatutos Mundiales del Movimiento, reconocidos por la Santa Sede, tres nombres: el sacerdote Sebastián Gayá Riera, el laico Eduardo Bonnín, y el entonces obispo de Mallorca, monseñor Juan Hervás.


El cariño de los Papas, desde Pablo VI a Francisco

Así, «la característica del Movimiento de Cursillos es principalmente la de compartir una fe vivida para difundirla», así como «la cooperación armónica entre laicos y sacerdotes. Cada cual tiene su función específica, pero todos conjuntamente se preocupan de alcanzar el mismo objetivo: La evangelización como fermento en los ambientes cotidianos de cada uno».


Por eso, el Movimiento de Cursillos de Cristiandad «cuenta con la aceptación y el reconocimiento pastoral a nivel mundial de importantes pastores de la Iglesia católica», e incluso los Papas, desde Pablo VI hasta hoy, «han expresado repetidamente un particular aprecio por el Movimiento de Cursillos».


Tanto es así que el próximo mes de mayo, el Papa Francisco ya se ha comprometido en recibir en Audiencia a los cursillistas de los cinco continentes, que se reunirán en Roma para celebrar una Ultreya Mundial.


Para saber más sobre el Movimiento de Cursillos, así como para más información sobre el calendario de próximos Cursillos de Cristiandad en este curso, cualquier persona puede dirigirse al Secretariado Diocesano de Cursillos de Cristiandad de Madrid, ubicado en la parroquia de Santa María Micaela y San Enrique (c/General Yagüe 23), llamar al teléfono 91 521 45 77, escribir un email a: secretariado@cursillosmadrid.org

o bien entrar en la página web http://ift.tt/1JFt6up