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samedi 1 novembre 2014

La conmovedora confesión de Giorgio, homosexual, en apoyo a los Centinelas contra el matrimonio gay

Los Sentinelle in Piedi [Centinelas de Pie] son un movimiento surgido en Italia para contrarrestar la dictadura del pensamiento único de la ideología de género, en defensa de la vida, la familia y la escuela. Se concentran en forma de Vigilias en numerosas ciudades del país, y protestan fundamentalmente en los últimos meses contra el matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción de menores por parte de parejas homosexuales. Sufren continuos insultos y, en más de una ocasión, agresiones, como ha denunciado Luigi Negri, obispo de Ferrara-Comacchio.

Recientemente el periódico Tempi recibió una carta-testimonio del joven Giorgio, quien, siendo homosexual, participó en una de las últimas Vigilias. Así explica él mismo sus dudas, primero, y sus certezas, después.


Carta de Giorgio, joven homosexual

Cuando llego la plaza está llena.

Las voces se oyen desde lejos. Gritos. Insultos.

Mientras me acerco y mi corazón empieza a latir percibo algunas palabras:

¡María, María, ya lo había entendido,

con un dedo

el orgasmo está asegurado!


Es la primera vez que oigo algo así. Y no puedo evitar preguntarme quién es María.

Me lo pregunto porque no quiero creer que estén hablando así de Aquella de la que nació el Hijo que amo.

Me lo pregunto, pero la verdad me duele demasiado.

Estoy en el semáforo. La plaza al otro lado. Veo la gente en fila, serena. Rodeada de una manada de perros rabiosos.

No, no perros. Hermanos. Y sin embargo, parecen perros.

¿Cuándo han dejado de mirarse como personas? ¿Cuándo han elegido renunciar a sí mismos en favor de la manada?

Dios sabe que estos hermanos laceran mi corazón.

Tengo miedo.

Aún puedo irme. Puedo darle la espalda a todo esto.

Refugiarme en mi anonimato y olvidar.

Sé que si atravieso este cruce, mi vida será distinta. Y lo que había antes, desaparecerá.

Y lo hago. Sin ni siquiera saber cómo, me encuentro en la otra parte, entre los manifestantes.

Me situo, abro la mochila, saco un libro y leo.

Las manos me tiemblan, siento el temblor de quien acaba de lanzarse al vacío.

Las voces en los megáfonos suenan aún fuertes.

La familia tradicional,

no es natural,

sino patriarcal.


Sonrío.

Sí, lo es.

Patriarcal.

La familia se encomienda a un padre y se apoya en una madre.

Esto es lo que estamos llamados a vivir, en esto debemos convertirnos: en padres y en madres.

Esto nos ha sido quitado.

No se trata de generar hijos o de no generarlos, de excitarse por una persona del propio o del otro sexo, ni de saber si el matrimonio será o no la propia vocación.

Se trata de alzar la mirada del propio dolor, dándole las gracias a Dios. Porque sólo acogiendo el propio dolor podemos reconocer el de los otros. Y ayudarlos.

Y es lo que hago. Alzo la mirada, veo el desfile que nos empuja gritando y me conmuevo.

Yo, homosexual, católico y enamorado de Dios.

Yo, con un Padre al que encomendarme y una Madre Iglesia que me ama.

Yo, que durante años no he sabido dónde estar, hoy estoy aquí, quieto, en medio de una plaza, luchando con la sola fuerza de mi presencia. Con mi miedo, que aún está aquí, dentro de mí, pero al que he decidido desde hace tiempo no darle más poder.

Mi cuerpo, utilizado muchas veces para hacer y para hacerme daño, para abusar de mí mismo, para pedir desesperadamente amor, hoy, por el solo hecho de estar de pie, dice más de cuanto haya dicho nunca.

Dice dónde estoy.

Yo estoy aquí y no estoy allí.

Y, lo que más me turba, es que yo estoy aquí también por quien está allí.

Este lugar, esta presencia física, es el signo de mi presencia en el mundo, es el modo en el que estamos llamados a convertirnos en hombres y en mujeres de mañana. Padres y madres. También por esos hijos que no entienden, que reniegan, que nos odian.

Que se odian.

Porque los hijos no se pueden elegir, sólo amar.

Así ama Dios.

Así puede amar el Hombre.

Y es precisamente esto lo que me siento ahora. Un Hombre.

Después de haber creído durante tanto tiempo que era mi orientación sexual la que me decía quién era, después de haberme definido durante años un homosexual, considerándome una víctima inocente de la vida, hoy, por primera vez, yo me siento un hombre, grato a esa misma vida, que creía que me rechazaba.

Hoy doy voz a mi verdad.

Soy un Centinela de Pie que mira a un mundo nuevo.

Soy sólo un hombre.

Y esta es mi historia.


Giorgio


Traducción de Helena Faccia Serrano.



Santos, difuntos y mártires

Los tres grupos de personas son celebrados en esta semana por la comunidad de los bautizados, la Iglesia. Todos los que lograron en su vida el acercamiento radical a la perfección de Dios, el día 1; todos los que han muerto y no lo lograron, el día 2; y el jueves 6, los centenares de mártires que, por confesar su fe, que les fue arrebatada la vida en nuestro país, hace nada, el siglo pasado. Está claro que a la Iglesia Madre que nos precede, nos acontece y nos sucede, no se le olvida celebrar la vida de sus hijos de dentro y de fuera, si es que se puede hablar así. Es claro que, en esta semana, celebramos la vida que nos hace existir y que se prolonga eternamente una vez cumplido el encargo de llevarla adelante por nuestra responsabilidad hasta la muerte natural.

Toda persona, pues, ha de ser celebrada en la vida de la Iglesia. Por eso, Joseph Cardijn, el cura belga que nombrara Pablo VI cardenal, sin ser obispo, cuando cumplió los 80 años, pudo decir con toda razón: «Un joven trabajador vale más que todo el oro del mundo». Hoy a algunos les resulta llamativo que el papa Francisco diga lo mismo cuando afirma que no se puede construir la sociedad con un sistema social y económico que cuenta de antemano con millones de personas descartadas del concierto social. Los jóvenes aprendices de los años primeros del siglo pasado tenían unos trabajos indecentes que les robaban los años de escuela y de formación… Hoy, ¿cómo estamos? Entre cinco y seis de cada diez jóvenes en edad de trabajar no tienen ninguna posibilidad en este país.


Pongamos en nuestro sentir lo poco que vale hoy la vida humana. Unos hemos tenido suerte para nacer y vivir en buenas condiciones, y muchos, a la vez, no salen vivos del vientre de sus madres o mueren prematuramente de hambre o de violencia y guerra. Los católicos celebramos la vida de todos: de los que se acercaron a la plenitud del amor de Dios, como de los que andamos arrastrando los pies de la mediocridad y las felicidades que no duran eternamente; de los mártires que supieron entregar su vida con toda radicalidad, como los que cobardemente nos encerramos en nuestros intereses y no apostamos con todas nuestras fuerzas por hacer una sociedad mejor, apoyada en estos dos pilares que son la dignidad de la persona y la construcción del bien común.


Nuestra celebración de los santos, los difuntos y los mártires radica en Dios, los celebramos porque celebramos el amor de Dios en ellos y así nos acercamos al misterio de la humanidad de Jesucristo que nos ha abierto la plenitud de la Divinidad como la suprema realización de todo ser humano y de todos los integrantes de esta Humanidad de ayer, hoy y del futuro.


Así, nuestro compromiso por hacer una sociedad mejor para todos no es, como nos dice el Concilio Vaticano II, de simple posicionamiento de política de partido sino que nos lleva a desear una política que sea reflejo de esa humanidad redimida y renovada por Cristo Jesús. Os dejo con estas preciosas palabras del Concilio: «Y como la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano, insistiendo en el ejemplo de los Concilios anteriores, se propone declarar con toda precisión a sus fieles y a todo el mundo su naturaleza y su misión universal. Las condiciones de estos tiempos añaden a este deber de la Iglesia una mayor urgencia, para que todos los hombres, unidos hoy más íntimamente con toda clase de relaciones sociales, técnicas y culturales, consigan también la plena unidad en Cristo» (Lumen gentium, 1).


Celebremos, pues, la vida de todos implicando la nuestra en la Vida.



Mª Jesus, 8 hijos: «Es un regalo tener a alguien que te saque de ti y te haga vivir para los demás»

“Yo nunca pensé en casarme ni en tener hijos y ahora no concebiría la vida sin ellos. Es un regalo que tengas a alguien que te saque de ti y te haga vivir para los demás”, comenta la madre de una familia muy numerosa. María Jesús Mateos está casada con Goyo desde hace 37 años, vive en Madrid, y tiene ocho hijos. Nacida hace 62 años en Santiago de Compostela, dedica su vida por entera al cuidado de los suyos.

Vivir al día

La casa en la que vive junto a su familia está situada en el centro de Madrid y se amolda perfectamente a las necesidades. La vivienda tiene seis habitaciones, dos baños y una amplia cocina para dar cabida a todo un regimiento. Las ollas para cocinar no tienen dimensiones normales, la lavadora echa humo todo el día y para ir al baño hace falta pedir la vez. La despensa en esta casa es una habitación y la compra se hace con media docena de carritos. Como si las matemáticas se hubieran aliado con ellos, los tres primeros hijos son hombres, las tres siguientes son mujeres y los más pequeños son un chico y una chica.


“Siempre hemos tenido dificultades de todo tipo y hemos salido hacia delante, hay mucha gente que te echa una mano y los niños siempre colaboran. En estas situaciones aprendes a pedir ayuda y vives al día en todo”, detalla la madre. La organización es clave en el éxito de esta casa. “Yo iba a recogerlos al colegio y mi marido hacía los deberes con ellos al volver del trabajo", explica a Mirada21.es cuando aparece uno de sus cuatro nietos que se acaba de despertar de la siesta.


Moverse con una familia tan numerosa no ha sido del todo facil. “Era salir a la calle y la gente nos iba contando a ver cuántos éramos. Cuando viajábamos todos en avión las azafatas temblaban al vernos aparecer, sacaban pinturas para que dibujasen y acababan todos durmiendo por los pasillos. Recuerdo una vez en Oviedo que nos echaron de una cafetería por llevar dos carritos, hay mucha gente que te apoya y te dice que da gusto vernos tan guapos y tan listos”, relata una madre que se siente muy orgullosa de sus hijos.


La fe en Dios es el fundamento de la numerosa prole de estos padres. “Todo el mundo tiene el deseo de darse a los demás, pero si no crees que Dios es tu padre es muy difícil que tengas hijos porque piensas que lo único que les vas a ofrecer es hambre”, expone María Jesús. Además, añade: “Yo le oí a mi madre decir que no me quería tener, con los años descubrió que yo era la clave para darle sentido a su vida. La vida es un don y no se puede privar a nadie de que pueda ser feliz, cuando se aborta es porque se piensa que la vida es un mal y que se traen al mundo hijos para sufrir”.


Con un pan debajo del brazo

Vivir en una familia numerosa no solo tiene desventajas. “Los niños aprenden antes las cosas y aceptan que no esté todo perfecto. Los hijos aprenden a compartir y son más abiertos porque sus padres no están siempre encima. Muchas veces tienes que buscarte la vida porque si ibas a comerte algo igual cuando llegas ya no está”, afirma. Entre el hermano mayor y la más pequeña hay 16 años de diferencia.


“Hemos recibido muy pocas ayudas. El tener hijos no es solo un bien personal sino que es algo bueno para la sociedad, dentro de un tiempo no habrá ni para pagar las pensiones”, comenta María Jesús con tristeza sobre el poco apoyo de la Administración. A pesar de la falta de ayudas, los hijos en esta familia siempre han venido con un pan debajo del brazo. “Con cada hijo a mi marido o le ascendían o encontraba un trabajo mejor. Con el tercero se presentó a unas oposiciones y milagrosamente las aprobó. Nunca ha habido dos días iguales en nuestra vida, unas veces vivíamos muy bien y otras menos bien”, relata.


Hijo único... como el resto de los hermanos

Haber tenido tantos hijos no les ha impedido hacer lo que el resto de familias “normales”. “Dios te da las cosas cuando las necesitas. Mi hijo mayor siempre dice que es: ´hijo único, como el resto de mis hermanos´, y es cierto. Parece que una familia numerosa tiene que ser pordiosera, pero unas veces se tiene más y otras menos, no pasa nada”, dice la mujer de Goyo. A pesar de haber tenido ocho partos naturales, sin anestesia, cada nacimiento era también único. “Cuando iba a tener a la octava la enfermera me preguntó que si era primeriza”, afirma con gracia.


En este hogar las preocupaciones que dan los vástagos no son proporcionales a las alegrías. “Cada uno tiene su forma de ser, una madre sufre por todos y los quieres por igual, aun no siendo perfecta”, explica la madre. También añade que en una “casa con hijos hay mucha alegría porque no son solo ellos sino que también vienen sus amigos y es difícil aburrirse”. Viajar y conocer cosas nuevas siempre ha formado parte de la educación de estos hijos. "Era raro el fin de semana que no cogíamos la mochila y nos íbamos por los pueblos de Madrid. Una vez haciendo auto-stop nos cogió un camión de helados y los niños estaban contentísimos", asegura. El salón en el que se encuentra está presidido por las fotos de la familia al completo.


En un hogar en el que ya solo queda uno de los retoños, el ciclo de la vida vuelve a su inicio. “Al principio se pasa mal, porque vas por las habitaciones y sigue todo ordenado. Pero todo vuelve a ser igual cuando la casa se llena de nietos”, asegura con tristeza. “Ahora que viven todos desperdigados por el mundo se organizan para ir a visitarse. Los echo mucho de menos, estoy deseando que vuelvan a casa por Navidad”, concluye María Jesús, para la que Pablo, Gregorio, Daniel, María, Clara, Cecilia, Juan y Teresa han sido ocho grandes razones para vivir.



vendredi 31 octobre 2014

«Los fariseos eran hombres aferrados a la letra de la ley, no a la ley, que es amor», dice el Papa

Quien se ocupa sólo de la ley y olvida la justicia, quien deja de lado el amor en nombre de la norma "no es un modelo, sino un hipócrita". "La cercanía de Jesús es justamente la prueba que nosotros vamos en el verdadero camino". Lo dijo en la mañana del viernes 31 de octubre el Papa Francisco, durante la homilía en la casa Santa Marta.

Francisco propuso el recorrido inverso: "partir del amor para llegar a la ley", y así podemos llamarnos realmente cristianos.


Francisco, refiere la Radio Vaticana, comenta el Evangelio del día en el cual Jesús pregunta a los fariseos, si es lícito curar o no en día sábado. "Pero ellos no responden. Entonces, Él toma de la mano a un enfermo y lo cura. Los fariseos puestos frente a la verdad, callaban pero luego hablaban por detrás... y trataban de hacerlo caer".


Por su parte, el Mesías reprocha a esta gente que "estaba tan atada a la ley, que habían olvidado la justicia" y negaban hasta la ayuda a los padres ancianos con la excusa que habían dado todo al Templo.


Pero, ¿quién es más importante, se pregunta el Papa, "el cuarto mandamiento o el Templo?".


Es justamente el modo equivocado de concebir una vista justa. "El camino de vivir aferrados a la ley alejaba a estas personas del amor y de la justicia. Se ocupaban de la ley, dejando de lado el amor. Eran modelos. Y Jesús para esta gente encuentra sólo una palabra: hipócritas. Por una parte, va por todo el mundo buscando prosélitos: ustedes busquen. ¿Y después? Cierran la puerta. Hombres cerrados, hombres tan aferrados a la ley, a la letra de la ley, no a la ley, pues la ley es amor; sino a la letra de la ley, que siempre cerraban las puertas de la esperanza, del amor, de la salvación... Hombres que solamente sabían cerrar".


"El camino debe ser fiel a la ley, sin dejar de lado la justicia, sin dejar de lado el amor- explica en vez el pontífice- es el camino inverso: del amor a la integridad; del amor al discernimiento; del amor a la ley. Este es el camino que nos enseña Jesús, totalmente opuesto a la de los doctores de la ley. Este es el camino del amor a la justicia, que lleva a Dios. En cambio, el otro camino, el de estar aferrados sólo a la ley, a la letra de la ley, lleva a la cerrazón, lleva al egoísmo".


Jesús, retoma Francisco, "se acerca: la cercanía es justamente la prueba que nosotros vamos por el verdadero camino. Porque es el camino que eligió Dios para salvarnos: la cercanía. Se acercó a nosotros, se hizo hombre. La carne: la carne de Dios es el signo; la carne de Dios es el signo de la verdadera justicia: Dios se hizo hombre como uno de nosotros, y nosotros tenemos que hacernos como los otros, como loe necesitados, como aquellos que tienen necesidad de nuestra ayuda".


"La carne de Jesús- concluye el Papa- es el puente que nos acerca a Dios... no es la letra de la ley: ¡No!. En la carne de Cristo, la ley tiene el pleno cumplimiento y es una carne que sabe sufrir, que dio su vida por nosotros. Que esos ejemplos, este ejemplo de cercanía de Jesús, del amor a la plenitud de la ley nos ayude a jamás resbalar hacia la hipocresía: jamás. Es tan feo, un cristiano hipócrita. ¡Pero tan feo! ¡Que el Señor nos salve de esto!"



Obispos católicos sirios: si el mundo quiere ayudarnos, ¡que deje de mandarnos armas!

Un severo llamado a la comunidad internacional para que ponga fin al comercio de armas que alimenta la guerra y un llamamiento a la conciencia de los cristianos, a fin de que traten de resistir a la idea, aunque comprensible, de escapar de su tierra.

Estos son los mensajes que los obispos católicos de Siria han querido lanzar al mundo y a los fieles, en un comunicado emitido al final de su Asamblea de otoño.


En la reunión que se celebró en Damasco, el martes 28 y el miércoles 29 de octubre contó con la presencia del Patriarca de Antioquía de los greco-melquitas, Grégoire III, y de 11 obispos católicos de 6 ritos diferentes, junto con el Nuncio apostólico Mario Zenari y Mons. Giovanni Pietro Dal Toso, Secretario del Consejo Pontificio Cor Unum.


“La presencia de Mons. Dal Toso, que ha venido desde Roma para reunirse con nosotros, nos ha hecho mucho bien” refiere a la Agencia Fides el obispo Georges Abou Khazen OFM, Vicario apostólico de Aleppo para los católicos de rito latino.


“En el encuentro – añade el obispo Abou Khazen – cada uno de los participantes ha presentado el cuadro de la situación y de los problemas de la propia diócesis. Para todos lo más importante que hay que hacer es estar cerca de nuestros fieles, alentarlos, consolarlos".


"Caminamos en una oscuridad donde no se ve una salida, y sólo Cristo puede dar esperanza a los corazones. Los poderes del mundo deben saber que no ayudan a la paz si continúan enviando armas aquí".


"Por otro lado, invitamos a todos a no huir, a no abandonar su tierra. Pero esto es un llamamiento a las conciencias. Como pastores vemos bien lo que nuestras pobre gente está sufriendo. Y no se puede obligar a nadie a permanecer en esta situación en la que no hay trabajo, aumento la miseria día a día e incluso la propia vida y la de los seres queridos está siempre en peligro”



jeudi 30 octobre 2014

El cardenal Burke y el activista gay


Para todos aquellos que hayan seguido el reciente Sínodo extraordinario sobre la familia a través de la prensa generalista, el cardenal Burke es una especie de ogro, un retrógrado intransigente y carente de misericordia, ávido de fastidiar a homosexuales y divorciados.


La realidad es muy distinta. Al menos eso es lo que se adivina a partir del testimonio de Eric Hess, quien ha publicado un artículo, Coming out of Sodom, en el que hace referencia a su trato con el entonces obispo Burke.


Hess explica de este modo su experiencia:


“De 1990 a 1994 fui a misa de vez en cuando. En 1995, le dije a mi "compañero" que no ya podía ir más porque estaba muy enfadado con la Iglesia. Metí en una caja todos mis crucifijos y Biblias y los dejé en la oficina del obispo de La Crosse, Wisconsin, con una carta renunciando a la fe católica.


Para mi sorpresa, el obispo Raymond Burke respondió con una amable carta expresando su tristeza . Me decía que respetaría mi decisión y que la notificaría a la parroquia donde había sido bautizado. Muy educadamente, el obispo Burke me decía que rezaría por y que esperaba el momento futuro en el que me reconciliase con la Iglesia .


Como uno de los más abiertos activistas "gay" de Wisconsin, pensé: "¡Qué arrogancia!". Entonces le contesté al obispo Burke con una carta acusándole de acoso. Le dije que sus cartas no eran bienvenidas y le pregunté cómo podía atreverse a escribirme.


Mis esfuerzos no lograron desalentarle. El obispo Burke me envió otra carta asegurándome que no me iba a escribir más, pero que si en el futuro deseaba reconciliarme con la Iglesia, él me daría la bienvenida con los brazos abiertos .


De hecho, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo nunca se dieron por vencidos conmigo. Al cabo de pocos años, hablé con un buen sacerdote, quien se sumó a las oraciones del obispo Burke desde agosto de 1998.


El 14 de agosto, festividad de San Maximiliano María Kolbe y vigilia de la Santísima Asunción de María, la misericordia divina penetró mi alma cuando estaba en un restaurante. Yo no sabía cuando entré en ese restaurante con mi "compañero" de más de ocho años que el Señor me iba a agarrar esa misma tarde y me llevaría a otro lugar fuera de Sodoma, al banquillo de los acusados de su misericordia sanadora, el santo sacramento de la Penitencia.


El sacerdote que había consultado estaba allí. Mientras le miraba, una voz interior le habló a mi corazón. Era suave, radiante y clara dentro de mi alma. La voz me dijo: "Este sacerdote es una imagen de lo que todavía puedes llegar a ser, si sólo vuelves a ."


De regreso a casa, le dije a mi compañero: "Necesito volver a la Iglesia Católica". A pesar de que se le saltaron algunas lágrimas, él me respondió con cariño: "Eric, lo he sabido desde hace mucho tiempo. Haz lo que tengas que hacer para ser feliz. Yo sabía desde el principio que este día llegaría".


Después, llamé a la oficina del obispo Burke. Su secretaria sabía bien quién era por aquel entonces, así que le dije que quería que el obispo Burke fuera el primero en saber que regresaba a la Iglesia, que me estaba preparando para el sacramento de la Penitencia. Ella me pidió que esperase un momento. Cuando regresó, me dijo que el obispo Burke quería reunirse conmigo.


Después le confesé mis pecados a un humilde y devoto sacerdote local, pastor de almas y recibí la absolución. Como parte esencial de mi recuperación, una buena familia católica me dio refugio hasta que pude encontrar mi propia casa.


Un mes después de mi reconciliación con Dios y con la Iglesia, me fui a la oficina del obispo Burke, donde él me recibió con un abrazo. Me preguntó si recordaba mis pertenencias que le había enviado junto con mi carta de renuncia. Por supuesto que lo recordaba. El obispo Burke las había guardado porque creía que iba a volver a la Iglesia .”


Lo dicho: un monstruo sin misericordia, un “homófobo” insensible e ideológico.



«Estado Islámico ha mandado a los cristianos una carta como "última advertencia" para que se vayan»

Ayer miércoles se inauguró en Madrid, en un acto celebrado en la parroquia de los Padres Carmelitas de Ayala, el ciclo de conferencias 2014-15 de la Fundación Tierra Santa, abierto en nombre de su patronato por José Miguel Abat. Explicó que, siendo uno de los objetivos de la institución apoyar a los cristianos de los lugares bíblicos, era obligado hacerlo dando a conocer “la persecución, el drama y el desamparo que están viviendo ahora mismo en los países de mayoría musulmana”.

Una biografía estremecedora

Como protagonista y testigo de excepción, presentó a Raad Salam Naaman, católico caldeo nacido cerca de Mosul y criado en Basora, profesor universitario y doctor en Filología Árabe y Estudios Islámicos, refugiado político en España desde 1991 y nacionalizado español en 1999.


Salam comenzó explicando que no guarda “odio ni rencor” a los musulmanes, porque es deber del cristiano “perdonar al enemigo y rezar por quienes te persiguen”.


Como es su caso. En un breve relato autobiográfico, describió varias detenciones por denuncias de radicales islámicos, palizas, su participación obligatoria como servicio militar en las guerras con Irán y del Golfo, el asesinato de hasta 25 personas de su familia y de varios amigos (entre ellos el editor de su tesina de licenciatura, considerada “ofensiva” por los islamistas) y un atentado personal en 1990 en el cual murió un primo suyo al interponerse entre él y los disparos. Su propio padre fue asesinado tras la caída de Sadam Hussein y la implantación del actual régimen chií. “Todos los cristianos de Irak tienen una historia similar a la mía, o peor”, puntualizó.


Los musulmanes, siete siglos después

Raad Salam explicó que los cristianos son “los habitantes originales de Irak, descendientes de los antiguos mesopotámicos, sirios y caldeos”. La región fue muy tempranamente evangelizada por el apóstol Santo Tomás, llamado Dídimo, y dos de sus discípulos, pero en el siglo III padecieron una cruel persecución por parte de los persas. “Los musulmanes llegaron en el año 637, cuando el califa Omar conquistó Persia. Se encontraron que allí había judíos y cristianos y para saber qué hacer con ellos acudieron al Corán”: les obligaron a pagar tributos y se recrudeció la persecución.


Consuelo en los salmos

Por tanto, la situación actual “no es nueva, los cristianos en Irak hemos vivido desde siempre marginación y persecuciones” aunque, subrayó, “no somos refugiados ni inmigrantes, ésta es nuestra tierra”. En su infancia y juventud eran denominados “sucios nazarenos” y padecían un estigma social: “Nuestro consuelo al llegar a casa era la lectura de las Escrituras, y en particular el salmo 23: ‘El Señor es mi pastor, nada me falta’…”.

Salam relató la cadena de atentados, asesinatos, iglesias quemadas y secuestros a partir de 2003, tolerados por el nuevo régimen, y el comienzo de las huidas a zona kurda: “Pero los kurdos son musulmanes suníes y también radicales. Ahora están protegiendo a los cristianos para ganarse a la opinión pública porque desean formar un estado independiente”, alertó, señalando lo precario de esa protección.


Acudió a la definición de la Real Academia para apuntar que “lo que está pasando en Irak es un genocidio en toda regla”, no sólo sobre las personas, sino sobre la civilización y la cultura: “Cuando Estado Islámico entró en Mosul, destruyeron en torno a mil o mil quinientos manuscritos antiguos”.


"El problema es el islam mismo"

Y advirtió de que las masacres y violencias a las que estamos asistiendo son “la cara verdadera del islam” porque “se limitan a aplicar el Corán y la ley islámica”: “El problema no es el Califato, el problema es el islam mismo”, advirtió, leyendo varios pasajes del Corán en que se incita a la crueldad con los “infieles” y recordando que lo mismo que hace Estado Islámico “lo hizo también Mahoma”.


“Estado Islámico está cortándole el cuello a los hombres, explotando sexualmente a las mujeres, esclavizando niños y vendiéndolos en los países del Golfo”, recordó. Todos los cristianos están recibiendo una carta, que leyó en su integridad, en la que el Califato “les lanza una ‘última advertencia’ para que salgan del país inmediatamente”.


Oraciones... y acciones

Por último, señaló que lo que debemos hacer los cristianos occidentales por los cristianos iraquíes (“que son nuestros hermanos en la fe, pero que son también simplemente personas que están sufriendo esto”) es “rezar, pero no sólo hacen falta oraciones, también acciones concretas”, entre las que señaló, además de ayuda económica para los refugiados a quienes espera un duro invierno en tiendas de campaña, dar a conocer la verdad: “Que sientan que están acompañados, que lo que les está pasando no cae en el olvido”.